Podría escribir hoy acerca del buen partido de España, pero no lo haré. Podría, en dos o tres párrafos, contaros que mis impresiones sobre Torres se van confirmando con el avance de la competición, pero no lo haré. Podría insistir de nuevo en la extrema vacuidad que me producen Xabi Alonso y Arbeloa, pero no lo haré. Podría ensalzar con grandes adjetivos la trigésima centava lección de trigonometría aplicada impartida por Xavi e Iniesta, pero no lo haré.
Hoy quiero hablarles de otra cosa. Algo que va más allá del deporte. Sucedió ayer en Gdansk. Fabregas marca el cuarto gol español confirmando la superioridad española. Irlanda, un equipo otrora fuerte y duro de batir, se despide del europeo. Es la primera de muchas en caer. Quedaban ocho minutos. Los jugadores, con la mirada perdida, regresan a sus posiciones. No les queda nada para dar a su gente. Éstos, conscientes del ánimo de su tropa derrotada que se bate en retirada, inician un cántico para recibirles y consolarles.